Eduardo Arroyo.

Eduardo Arroyo

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Eduardo Arroyo

Eduardo Arroyo nace en la calle Argensola de Madrid el 26 de febrero de 1937. En esta ciudad se forma, y vive, junto a muchos españoles, la llegada de Franco al poder. Su madre, Consuelo Rodríguez, oriunda del pueblo leonés de Robles de Laciana donde el propio Eduardo pasó parte de su infancia, era una mujer muy independiente y alejada de las convenciones sociales. Viuda durante muchos años, nunca rehizo su vida. Su padre, Juan González Arroyo, fallecido en 1943 a consecuencia de una caída en el teatro complicada con una peritonitis, era un apasionado de esta arte escénica. Esta afición le llevó a escribir, dirigir e interpretar obras teatrales y también a entablar relaciones de amistad con Federico García Lorca, Enrique Jardiel Poncela o Jacinto Benavente, entre otros.

De manera sorprendente, antes de su muerte y en contra de las convicciones y creencias que profesaba hasta el momento (combativo falangista, católico empedernido, condenado a muerte por la República,…), Juan González Arroyo inscribió a su hijo en el Liceo Francés, en cuyo jardín de infancia ingresó Eduardo en octubre de 1942. Una decisión “misteriosa” sin duda, pero igualmente acertada, pues le abrió el camino a una cultura y un idioma que le serían de gran utilidad cuando partiera a París años más tarde.

Durante su infancia las aptitudes pictóricas de Arroyo eran ya evidentes. El artista dibujaba durante horas, llegando incluso a publicar caricaturas en los periódicos o a pintar algunos cuadros. Sin embargo, su verdadera vocación seguía siendo la literatura. Tanto es así, que no dudó en matricularse en Madrid en la Escuela de Periodismo de la calle Zurbano, obteniendo el título de periodista con tan sólo 21 años. A esa edad poseía también su licencia militar, pues en febrero de 1957 había tenido que realizar el servicio militar durante veintidós meses.

Alcanzamos así el año 1958. La dictadura de Franco continúa al frente del gobierno de España y el clima se hace insoportable en ciertos sectores, hasta el punto de que Arroyo, al igual que muchos otros españoles, decide salir del país y se dirige a París con la intención, luego truncada, de convertirse en periodista, de escribir. Allí entra en contacto con los exiliados españoles, lo que enardecerá aún más sus críticas al régimen franquista, un sentimiento que plasmará en sus obras.

Arroyo no llegará a ver materializadas sus aspiraciones literarias. La necesidad de hacerse entender en ese país extranjero y su urgencia por expresarse dirigirán a Arroyo hacia la pintura. Este “desvío” se produce de manera natural. A su llegada a París, Arroyo se instala en el barrio de los pintores, Montparnasse, y no en el de los escritores, St. Germain-des-Pres, y se integra rápidamente en el ambiente bohemio de los grandes cafés y del núcleo artístico de la capital francesa. De esta forma, Arroyo se sumerge en París rodeado de pintores, centrando su actividad en esta disciplina de forma progresiva a medida que comprende y acepta las barreras que el idioma le plantea para ser escritor y la universalidad que, por el contrario, le ofrece el trabajo con las imágenes. Tras una etapa en la que sobrevive como retratista callejero y dibujante de aceras o ejerciendo de lector en la Escuela Superior de Comercio, logra finalmente vivir de la pintura.

La trayectoria artística de Arroyo se abre con la siguiente reflexión: “Una palabra es una imagen, un cuadro, y - ¿por qué no? – un cuadro es una palabra”.

Será en 1960 cuando pase su primera prueba al ser invitado a participar en el Salón de la Joven Pintura (Museo de Arte Moderno de París), dirigido e integrado por pintores de menos de cuarenta años. Allí presenta su cuadro La corrida du papillon. Su marcada personalidad no pasa desapercibida a Georges Détais, un marchante que sólo un año después organiza la primera exposición individual de Arroyo en la Galería Claude Levin de París, donde expone una serie de retratos de militares y religiosos. Es también a través de Détais como conoce a los que serán sus compañeros en el futuro, Gilles Aillaud y Antonio Recalcati. No hay que olvidar tampoco que 1960 es el año de los Juegos Olímpicos de Roma, ocasión que aprovechará Eduardo Arroyo para viajar a Italia. Poco a poco establecerá un estrecho vínculo con este país, vínculo que ya en estos inicios de la década de los sesenta comienza a perfilarse.

Poco después, en 1963, entra a formar parte del jurado del Salón de la Joven Pintura de la III Bienal de París, donde se hace cargo del espacio dedicado a la denuncia del totalitarismo y la represión, en el que expone con el colectivo L’Abattoir, es decir, El matadero formado por Arroyo, Biras, Brusse, Camacho, Pinoncelli y Zlotykamien. En este espacio cuelga los retratos de los cuatro dictadores europeos: Franco, Mussolini, Hitler y Salazar, una muestra que será clausurada alegando que uno de los toreros/matadores se parecía demasiado al General Francisco Franco.

Los cuatro dictadores, 1963.Los cuatro dictadores, 1963.

La polémica está servida, pero no sólo con esta obra en la que retrata a los cabecillas de los cuatro regímenes dictatoriales del momento, sino también por las propias convicciones políticas del artista que le llevarán a mantener relaciones muy inestables con las galerías que le contratan y en las que expone. De hecho, en 1963 será censurada y clausurada una exposición suya en la Galería Biosca de Madrid. Tampoco su relación con la galería Marlborough será muy satisfactoria, pues tres meses después de contratarle (en agosto de 1963) rescinden el contrato que preveía una exposición del artista en Estados Unidos. Los cuadros de Arroyo, que viajaban en ese momento rumbo al otro lado del océano fueron enviados de vuelta a España sin llegar a ser expuestos.

1963 es también un año de encuentros. Arroyo conocerá a Antonio Recalcati, Francis Biras y al crítico Gerald Gassiot-Talabot, portavoz teórico de la Figuración Narrativa, movimiento al que se adscribe en general a Eduardo Arroyo. Será un año después, en 1964, cuando inicie su colaboración con Recalcati y Aillaud.

No será tampoco éste un año exento de controversias. Un ejemplo lo encontramos en la exposición 25 años de paz que se organiza en la Galería André Schoeller Jr. de París, una exposición contraria a los festejos organizados en el país vecino con motivo de la celebración de los veinticinco años de franquismo en España y que recrudecerá además las relaciones del artista con el régimen de Franco.

Vivir y dejar morir o el fin trágico de Marcel Duchamp, 1965.

Otra de las fuentes de discordia será  la serie de ocho telas Vivre et laissez mourir ou la fin tragique de Marcel Duchamp presentada por Arroyo, Aillaud y Recalcati en la exposición La figuration narrative dans l’art contemporaine presentada en 1965 por la Galería Creuze de París. En ella los tres pintores aparecen representados como los asesinos del artista francés a modo de secuencias de película policíaca. Se trata de una muestra de la vigencia del sentimiento antivanguardista de Arroyo, que se acentúa con el tiempo. Esto es lo que Arroyo opina del representante del dadaísmo años después, en 1988: “Duchamp representa un tipo de artista ante el que sólo es posible la negación.

El artista como demiurgo, inspirado por la divinidad, sabio como un niño, fuera de lo cotidiano y, por añadidura, perezoso. Es cierto que hay en Duchamp cualidades excelentes, como su indiferencia respecto al estilo, la importancia que daba a los títulos, la aparente disparidad de su obra. Pero, ¿por qué ir a buscar en Duchamp lo que es el pan nuestro de cada día en Picabia?”. Una crítica no sólo a Duchamp, sino a la vanguardia en general y a figuras como Joan Miró o Salvador Dalí, en particular. A los dos primeros, por ejemplo, les achaca que practiquen un arte superficial, esteticista, sin compromiso.

 

 

Vivir y dejar morir o el fin trágico de Marcel Duchamp, serie realizada por G. Aillaud, E. Arroyo y A. Recalcati, 1965:

 

Tras pasar el verano de 1966 en la ciudad de Tonfano, en la Toscana italiana, donde realiza los retratos del escritor Franz Villiers, en mayo de 1967 Arroyo viaja a Cuba, cuyo régimen pasa por un momento aperturista y optimista.  Allí participa en el Salón de Mayo en La Habana con otros doscientos artistas. Todos juntos, europeos y cubanos, realizan el Gran Mural durante la noche del 17 de julio, con el fin de apoyar la lucha de los intelectuales cubanos contra el bloqueo de los estadounidenses. Arroyo aprovecha la ocasión para viajar también a América Central y Estados Unidos.

1968 es una fecha significativa a nivel mundial y, por supuesto, tendrá sus implicaciones en la trayectoria vital y artística de Arroyo. El Mayo del 68 francés supondrá para Arroyo un hito histórico importante, ya que se involucró plenamente, convirtiéndose en uno de los principales representantes de la vanguardia figurativa de contenido político en Francia. Prueba de ello es su participación en el Atelier populaire des Beaux-Arts, grupo encargado de la creación de los carteles de mayo de 1968, unos 375, con los que empapelarán las calles de París. A esta intensa actividad le seguirá la participación en la exposición Salle rouge ou Salle vietnamienne organizada en el Museo de Arte Moderno de París para ayudar al pueblo vietnamita. Participará también en el Congreso de Intelectuales de La Habana, Cuba.

Sin embargo, la decepción no tarda en adueñarse del espíritu del artista. Tanto es así que Arroyo acabará mostrándose sumamente crítico con los acontecimientos vividos: la invasión soviética de Checoslovaquia, el desengaño con el régimen cubano y el distanciamiento del ardor sesentayochista.

Pero, no todo es negativo en este año 1968. Y es que tendrá lugar un encuentro muy interesante y decisivo para la evolución artística de Arroyo: el encuentro con Klaus Michael Grüber, con el que dará sus primeros pasos en el mundo del teatro y la escenografía. Tendrá también la ocasión de conocer a Guy de Rougemont.

En otro orden de cosas, esos lazos que ya desde 1960 había establecido con Italia, donde reside parte del año 1967, se van a consolidar. Los motivos de esta estrecha unión van más allá de la vinculación del artista a la Bienal de Venecia o a su matrimonio con Maria Grazia Eminente. Es un vínculo que se remonta a los primeros pasos de Arroyo en el mundo artístico, una época difícil en la que los coleccionistas italianos sirvieron de tabla de salvación al artista español gracias a la compra de sus obras. Hasta Milán viajaba Arroyo haciendo auto-stop para vender allí sus cuadros y regresar luego a París con el dinero recaudado. Los veranos que pasa en Positano serán muy importantes en el desarrollo de su personalidad artística. Por ello, en 1968 se establece en Milán donde, un año antes, en febrero de 1967, había conocido a María Grazia Eminente con la que comenzará a vivir en 1969.

1969 es también el año de su estreno como escenógrafo. Comienza su colaboración con el director de escena Klaus Grüber para Off limits de Arthur Adamov, en el Piccolo Teatro de Milán. Continuará colaborando con este director escénico de manera apasionada.

1970 marca, en cierta manera, el final del ciclo más explícitamente político de Arroyo con la exposición Treinta años de paz, serie en la que trabaja durante el verano en Roma, donde permanece hasta el mes de septiembre. Las temáticas tratadas por el artista en sus obras se van a diversificar, abordando temas como el boxeo, un tema que conoce bien y que le apasiona.

En 1971 viaja a Nueva York donde tiene un encuentro con Saul Steinberg. En 1972 se organiza la exposición personal Opere e operette sobre el tema del melodrama en el arte lírico italiano en Milán. Ese mismo año tiene un encuentro con Aldo Mondito y Adriano Bocca, que le enseña cerámica.

Los años en el exilio pesan y no eran pocas las veces en las que Arroyo cruzaba la frontera. Una de sus citas ineludibles era la feria taurina de San Isidro. En esos momentos era buscado por la policía, pero dado que la firma de su pasaporte correspondía al periodista Eduardo Juan González Rodríguez, nombre real del artista, y no coincidía con la del conflictivo artista Eduardo Arroyo, su nombre artístico, no tenía problemas para pasar a España hasta que en 1973 fue detenido por la policía y expulsado del país. A partir de ese momento contaba con un pasaporte francés con el que podría viajar por todo el mundo excepto por España. Sin embargo, esta situación de exiliado oficial duró poco, pues el 20 de noviembre de 1975 moría Franco, de manera que a Eduardo Arroyo le devolvieron toda su documentación y pudo, por fin, volver a España.

En 1974 es nombrado comisario de la Bienal de Venecia de 1976. Solicita y obtiene el estatuto de refugiado político en Francia. Ese año viaja a California. Se instala en Berlín Oeste en otoño, por invitación de la Academia de Bellas Artes y permanece allí nueve meses. En 1975 muere Franco. En 1976 pinta Ronda de noche con bastones, según la obra de Rembrandt. Recupera su pasaporte y, por primera vez en su vida, vota. Tiene un encuentro con Andreu Alfaro. Por primera vez desde 1963 muestra su trabajo en España. Y en 1978 comienza a trabajar en la biografía del boxeador “Panama” Al Brown. En 1979 viaja a América Central y a Estados Unidos.

Sin embargo, no todo fue sencillo. Ni mucho menos. Tras regresar a su país natal, España, y sentirse ignorado, Eduardo Arroyo volvió a marcharse y no regresó hasta 1982. Las barreras del exilio iban más allá de una mera frontera geográfica. Comprueba que no ha vendido ni una sola obra en España desde que se fue, en 1958, hasta 1977. De esta toma de conciencia surge en 1978 una de sus series más intensas, Reflexiones sobre el exilio. El exilio, se da cuenta el artista, es algo íntimo, algo que se encuentra en su interior. A esta serie le seguirá, ya en la década de los ochenta, la de los Deshollinadores, que culminará con la creación de una instalación en el incendiado Pabellón del Futuro de la Exposición Universal de Sevilla de 1992.

En 1982 se publica el libro Panama Al Brown (Ediciones Jean-Claude Lattes, París). El Ministro de Cultura de Francia, Jack Lang, inaugura el mural de 80 metros cuadrados El mercado de sombreros en la Plaza Pierre Achard, de Grenoble. Entre 1984 y 1985 Arroyo consigue pintar su primer cuadro en Madrid y vuelve a representar en sus cuadros a castizas mujeres españolas. El 2 de febrero de 1986 se estrena en Munich Bantam, una pieza en dos actos con la que Arroyo debuta como autor dramático. El 21 de diciembre de 1989 Arroyo casi muere en París debido a una peritonitis (como su padre). Los años noventa van a suponer el asentamiento definitivo en los círculos artísticos españoles del artista. Durante sus útimos veinte años vive y trabaja entre París y Madrid y sigue con sus facetas de creador plástico, escritor y escenógrafoArroyo cuenta con presencia en muchos importantes centros de arte mundiales. Fallece en Madrid el 14 de octubre de 2018 a los 81 años.