Highlights. Prudencio Irazabal

06/10/2005 > 15/01/2006 (Sala Este Baja)

Artista: Prudencio Irazabal

[Consultar documentación]

El trabajo de Prudencio Irazábal (Puentelarrá, 1954) artista formado entre Sevilla, Barcelona, y residente en Nueva York desde hace más de veinte años, se ha desarrollado en el campo de la pintura. Avalado por un coherente discurso teórico, la experiencia creativa de este artista se puede comparar a un largo e intenso viaje de constante búsqueda y rigurosa investigación sobre el devenir histórico de la pintura, el significado y la etimología de esta palabra, y las posibilidades y limitaciones de los materiales pictóricos. Así, la superficie, el color, la luz o la percepción visual han sido objeto durante más de dos décadas de una profunda reflexión y experimentación por su parte, y han dado como resultado una obra de gran atractivo y placer visual, cargado de un poderoso contenido simbólico y espiritual.

Aunque el artista participa de la situación de entusiasmo y vitalidad artística que se produce en el contexto español de los años 80, será a partir de su traslado a Estados Unidos en 1986 cuando comenzará la búsqueda de un código personal que le conducirá paulatinamente hasta su trabajo actual, y a la depuración y profundización de su propia identidad en relación con la historia del arte.

En esos momentos, Irazabal comienza a entender la pintura de una manera determinantemente distinta: la pintura ocurre, existe y es materia que sucede de manera independiente y más allá de la acción de un determinado autor. A partir de esta idea, analizará el soporte, la materia, las densidades y las superficies, y como resultado aparecerán en sus cuadros planos de color, pigmentos oscuros y naturales, que son enfrentados a aquellos metálicos y cobrizos, y que expone a su propia oxidación.

Tras este primer periodo y en el recorrido hacia la eliminación de lo superfluo en la pintura, Irazabal se alía con los materiales y se propone evidenciar sus comportamientos y reacciones. En una exploración de los orígenes de la pintura, se cuestiona la relación de esta con el soporte. De este modo, la superficie del soporte se funde con el color hasta convertirse en piel. La pintura se transparenta, se relaciona con la luz, traspasa de un lado a otro.

Posteriormente, a mediados de los noventa, la pintura adquiere mayor entidad y se hace autónoma de la tela. Gruesas capas de pintura son expuestas directamente como si de materia se tratara. El color asoma, en ocasiones, estratificado en los bordes del cuadro, como si fueran cortes geológicos. Otras veces, surge en la superficie a través de cortes perpendiculares. A pesar de esta superposición de numerosas capas de color, el plano frontal del cuadro va tornándose monocromo a la vez que se percibe más la transparencia y la luz en su materialidad.

Este conjunto de obras de apariencia monocromática supone el eslabón hacia un trabajo que desarrolla desde finales de los noventa en el que la espesa materia pictórica pierde protagonismo frente a un uso de exuberante colores saturados y de luz, utilizados no como un fín en sí mismos, sino para seguir indagando - pero con otras estrategias - en los conceptos de superficie y profundidad, que ya veíamos en anteriores etapas.

En este momento, la obra de Irazábal se vuelve visualmente sumamente delicada. Su pintura transparenta el interior y deja intuir una profundidad inmaculada, carnal, que se relaciona con el fino grosor del lienzo, sin marco ni artificio. El cuadro se convierte en un espacio de cualidades sensoriales que adquiere una dimensión no sólo material sino también espiritual.

Al aproximarse a estas obras, el artista, verdadero alquimista de la luz, busca materializar algo tan intangible como la luz y para ello no permite que se aprecie el gesto o la impresión de las cerdas del pincel al deslizarse por la tela. Los colores aparecen bien definidos, pero al extenderse a modo de nebulosas carecen de límites, son inasibles. Las obras expuestas en la sala del museo mantienen estas cualidades descritas, sin embargo, se percibe un inquietante cambio: la presencia de una capa de color blanco que emerge en la pintura. Esto explica el título de la exposición - Hightlights – que recoge los trabajos de este último año, y que se puede traducir al castellano como toque de luz, realce o área clara incluso pero también como reflejo.

Una mirada atenta podrá detectar que estas manchas blancas contienen unos límites bien definidos, un espesor y una posición delimitadas. Son manchas opacas que, en medio de la atmósfera inmaterial generada por la luz y el color, producen la sensación óptica de profundidad, de un primer plano y algo oculto tras él. Es un blanco de una densidad tal que acentúa la luminosidad de su área limítrofe.

No sabemos hacia dónde derivarán estas luminosas manchas blancas en el cuadro, ni que nos deparará la pintura de Prudencio Irazabal en un futuro próximo. Lo que sí es seguro es que su arte, como es habitual en él, tendrá la capacidad de contener no sólo materia sino también espíritu. Estaremos atentos.

 

Documentación asociada a la exposición

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