Alfredo Álvarez Plágaro

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Letras para el arte

El 12 de julio del 2005 la escritora Lucía Etxebarría participó en la actividad Letras para el arte, ofreciendo su visión particular sobre la obra Cuadros iguales (1992) de Alfredo Álvarez Plágaro.

Lucía Etxebarría en Artium.
 

Cuadros iguales, colgados unos al lado de otros o unos sobre otros, a distancias uniformes, que en su conjunto forman una sola obra, si bien cada uno de sus elementos también pueden ser reconocidos individualmente. Un cuadro pintado una y otra vez de la misma manera no puede ser unificado fácilmente en torno a las ideas establecidas que hay sobre una obra de arte, como una entidad cerrada en sí misma, única e irrepetible. La idea de que una obra es irrepetible ha sido cuestionada desde finales del siglo XIX, sobre todo por obras-grupos de cuadros con los mismos motivos como "un ataque al arte en sí mismo".

Claude Monet fue uno de los primeros pintores que de esta manera, con su serie de cuadros basados en la Catedral de Rouen (a partir de 1892), en pajares y en nenúfares, descubrió el principio de la composición en serie en sí y lo transfirió de un modo consecuente a su obra.

Otros ejemplos de series de cuadros: las variaciones de Paul Cézanne basadas en la Montagne Sainte-Victoire, los cuadros Embarcadero y Océano de Piet Mondrian, las Meditaciones de Alexej von Jawlensky o la serie Homenaje al Cuadrado de Josef Albers, que abarca casi mil cuadros. La repetición confiere a la serie su armonía, mientras que las diferencias entre cada uno de los cuadros confiere identidad al grupo. De este modo, ningún cuadro de una serie es totalmente igual a otro, aunque todos se consideran del mismo valor. De la misma manera que en una serie no existen jerarquías, tampoco hay comienzo ni fin. Los cuadros se encuentran unos al lado de otros sin que suponga uno la continuación ni la derivación de uno en otro.

Mientras que en el cuadro único la imagen presentado se encuentra en primer plano, en una serie de cuadros la tendencia es resaltar cada vez  menos esta imagen y más el cuadro en sí mismo - aun cuando se  elige una y otra vez el mismo motivo.

Los cuadros iguales enfatizan el acto de pintar como algo que se inicia de nuevo una y otra vez. Las series de cuadros se basan esencialmente en variaciones de una regla básica, y cada uno de los cuadros puede ser observado independientemente de los demás. En contraposición, cada uno de los cuadros de la serie Cuadros Iguales porta en sí mismo el principio de la repetición en serie y está motivado por el intento de repetir siempre lo mismo.

Dado que los cuadros de la serie Cuadros Iguales están compuestos por elementos iguales, figuran dentro del contexto de la pintura en serie. La idea de la construcción puramente en serie de una obra única surgió en la vanguardia de la postguerra, al comenzar algunos artistas a crear obras a partir de formas reducidas y repetidas uniformemente. François Morellet, por ejemplo, estructuraba la superficie pictórica mediante líneas o formas geométricas sencillas sobre una rejilla; Ad Reinhardt creaba obras a partir de cuadrados negros; Jan J. Schoonhoven desarrollaba relieves partiendo de estructuras sencillas de rejillas. Warhol repite cuatro caras de Marylin o de Elvis, o su propio autorretraro.

Mientras que en el caso de los cuadros en serie de este tipo los elementos más sencillos y numerosos  repetidos a menudo formaban una estructura cerrada, Plágaro disuelve la unidad física de la obra. La divide en elementos idénticos, pero complejos en sí mismos, para poder volver a unirlos en constelaciones. La fragmentación de una obra en elementos iguales también puede ser encontrada, por ejemplo, en el Arte Minimalista. El ataque por parte de Plágaro a la individualidad e identidad de la obra pictórica, sin embargo, va más allá. Con relación al número de elementos, para sus Cuadros Iguales, toma como base la regla general de que siempre deben unirse como mínimo dos elementos entre  si. Cuando Plágaro pinta un número concreto de los mismos cuadros - ya sean cinco, nueve, doce o dieciséis -, esta cifra debe ser entendida meramente como una sola de las posibles. En definitiva, es el espectador el que determina la cantidad de elementos a colgar. Pero no sólo la cantidad, sino también el orden de los elementos puede ser estipulado de nuevo con cada nueva instalación. De este modo, Plágaro concede al espectador una libertad inusual y, al mismo tiempo, también le transmite la responsabilidad de tomar una decisión consciente.

Una y otra vez Alfredo Álvarez Plágaro pinta de nuevo sus Cuadros Iguales, utilizando una técnica mixta sobre loneta y madera, en la cual hasta el proceso de pintado en sí es inusual: Plágaro no pinta una sección pictórica hasta su fin para luego reproducirla una y otra vez, sino que crea los cuadros simultáneamente, campo por campo y a menudo constituyen varias capas, por lo cual los elementos se sitúan uno al lado del otro. De este modo, un elemento pictórico no surge como "una pieza fundida", sino que va creciendo lenta y paralelamente a sus "cuadros gemelos" partiendo de campos individuales hasta alcanzar un todo.

Plágaro juega con contrastes e interacciones y consigue crear una multiplicidad de relaciones dentro del plano pictórico de un elemento que se prolongan de una forma aun más compleja en la interacción de varios elementos constelados. La estructura pictórica de cada uno de los elementos se caracteriza en especial por la tensión entre lo vinculante y lo disociativo. Esta tensión entre el aislamiento y la integración es, en definitiva, una característica esencial de los Cuadros Iguales: por un lado los elementos son reconocibles como entidades individuales y por otro requieren un contexto mayor.

Si con el fin de simplificar el asunto, los Cuadros Iguales se han llamado "cuadros" hasta el momento, esto no es del todo falso pero tampoco del todo correcto. Aunque Plágaro trabaja en el ámbito de la pintura, no crea pinturas clásicas. Por lo tanto, no coloca el lienzo sobre bastidores, sino que lo estira sobre cajas rectangulares y listones de madera de diferentes tamaños y proporciones, desde un cuadrado compacto hasta un listón largo y delgado. Los formatos de base para realizar una pintura, frecuentemente atípicos en obras pictóricas, reflejan en su mayor parte las formas de los elementos constituidos en el cuadro. Las formas largas y delgadas parecen más alargadas por los campos de color a modo de rayas, mientras que formas rectangulares parecen más anchas y más compactas a través de formaciones de color igualmente concentradas. De este modo, la pintura se limita siempre a la superficie más exterior mientras que las paredes laterales presentan la loneta pura sin tratar.

Las cajas o listones tienen un grosor de hasta 10 cm, con lo que los elementos son reconocibles más claramente como piezas individuales tangibles que se alinean según un ritmo regular.  Del mismo modo que la estabilidad de la superficie del cuadro y el énfasis en las materias pictóricas, el carácter tipo-objeto de los elementos dificulta toda sugerencia de ilusionismo. Los Cuadros Iguales no representan ningún hecho fuera de su propia realidad sino que exigen agarrarse en concreto a aquello que son; aunque esto no siempre resulte fácil de formular con un vocabulario tradicional.

También la obra contradice la expectación y la concepción de la obra de arte como algo único e individual. Los cuadros iguales, como los gemelos humanos, despiertan nuestro interés y nuestra desconfianza. Lo sorprendente estriba en el hecho de que el motivo y la apariencia pictórica se repiten de forma idéntica. Plágaro pone en escena la contradicción entre repetición e identidad y, de una forma consciente, ésta se convierte en el principio de su obra.

El artista pone en marcha un juego entre (el) original y (la) reproducción. Se pinta la repetición, que no se basa en un procedimiento mecánico - técnico, y nos expone a la siguiente paradoja: Cada elemento es un original en forma de obra - ningún elemento es una copia idéntica de otro -, por lo que la apariencia pictórica es una invención original. Pintura y representación desarrollan una existencia independiente como iguales e idénticos.

La duda sobre qué se puede entender como representación se hace más patente. Un grupo de varias piezas de partes de una representación se puede subdividir. Una representación de ocho elementos puede subdividirse, por ejemplo, en dos grupos de cuatro elementos, pero también en cuatro grupos de dos elementos cada uno. Así sería posible que, por ejemplo, encontrásemos cuatro representaciones iguales de Plágaro en distintos lugares.

En contradicción con la composición pictórica tradicional, Plágaro tampoco impone la posición izquierda - derecha, arriba - abajo; la disposición  de los elementos es siempre paralela. No se deduce de la obra el cómo han de disponerse los elementos. Así la disposición o agrupación - horizontal o vertical - nos da un ensamblaje completamente distinto. Este concepto solamente se logra cuando la composición de los elementos se halla en armonía. La proporción de colores y formas no deben darle a la representación una dirección precisa.

Aunque cada elemento muestra lo mismo, no se puede apreciar por sí sólo cada elemento de un mismo grupo. Elemento y grupo se condicionan mutuamente y producen una representación simultánea  por encima del elemento. Para conseguir una unidad de las representaciones es importante la distancia de separación entre los distintos elementos, ya que supone tanto unión como separación. La estrechez o amplitud de esta distancia, el tono y contraste de los colores, proporcionan, por un lado, la impresión de una secuencia con un ritmo, a veces acelerado, a veces lento.

La obra de Plágaro es concreta ya que no se dirige a nada que esté fuera del recuadro. Es idéntica a sí misma y se convierte en el motivo y objeto de la obra.

Lo concreto de su obra también se entrevé en la aplicación de los colores. El color nunca es una ilusión óptica sino siempre una sustancia que se entiende como una sucesión de capas pictóricas. La consistencia de los elementos le confieren una presencia material y es, además, una indicación de la obra como realidad concreta.

Como un juego, la obra de Plágaro se desarrolla entre los opuestos de reglas y libertad. Más allá de su cualidad como obra concreta se podría entender que tiene una significación como Cuadros Iguales. Metáfora y obra son como preguntas fundamentales en relación con la individualidad y la repetición, la identidad y la diferenciación.

Para rizar el rizo Plágaro no sólo repetía los cuadros sino que repetía también las exposiciones. Es decir, su primera exposición en Madrid no era una exposición sino que eran Dos Exposiciones Iguales, en dos galerías de arte diferentes y en el mismo periodo de tiempo. Trabajó en series de Cuadros Iguales de número par y las dividió poniendo cada mitad de la serie en una galería. Si la serie se componía de diez cuadros ponía cinco en una galería y otros cinco en otra, si la serie era de  cuatro, pues dos en un sitio y otros dos en otro, así sucesivamente. Plágaro quería tener la constatación física y real de como cambiaba una obra repetida de verla en un espacio o en otro. Para que yo también tuviese esa constatación me llevó agarrada del brazo a la otra galería donde estaba la otra mitad de las series de Cuadros Iguales que acababa de ver en la primera galería. La verdad es que sí era novedoso el asunto.

Sus Cuadros Iguales surgieron a finales de los años 80. No hubo una ruptura con la obra anterior sino simplemente una evolución acelerada que cambió radicalmente el concepto de su pintura. A partir de entonces el siguiente postulado conforma su obra; “Lo más importante no es lo que es sino que lo que es lo es varias veces”. Es decir, convirtió a la repetición en el “motivo” más importante de su voluntad creativa, lo más importante es el acto de repetir más que lo que repite ese acto. Desde su libertad, por medio de la repetición, limitó su propia libertad, la cercenó, y paradójicamente, no dejó por ello de ser menos libre. Pudiendo hacer de todo en ese infinito que es un cuadro Plágaro se autolimita a ir repitiendo lo que va haciendo simultáneamente en otro.

En sus cuadros repite conscientemente el “fallo” y el “acierto” con lo que tanto el uno como el otro cambian su significación. Considera que de este modo, por medio de la repetición, la anécdota se supera y la idea se concreta mejor, se devalúa menos. Nunca le ha interesado la “pseudorrepetición”; en sus series de Cuadros Iguales no busca crear diferencias en absoluto, en todo caso ellas se crean solas.

Sus Cuadros Iguales ponen en tela de juicio el concepto de “obra única” ya que, al no estar nunca hechos con procedimientos mecánicos de seriación, son y no son al mismo tiempo, obras únicas. Es necesario resaltar que Plágaro no acaba un cuadro y luego lo copia, sino que realiza la serie en su conjunto (no son cuadros clonificados sino que surgen de una gestación gemelar.) El número de unidades de la serie, por tanto, esta limitado desde el principio y no se puede ampliar. El germen de los Cuadros Iguales tiene un claro espíritu Dadaísta: no saberlo puede perturbar su entendimiento. La repetición es propia del humor y de la ironía. Es transgresión. Le preguntó a Tarantino si la repetición de la obra daba más valor a cada cuadro o se lo quitaba. ¿Dos cuadros iguales de Las Meninas pintados al mismo tiempo y simultáneamente por Velázquez tendrían mayor o menos interés que uno sólo?. Una cosa interesante de estas series es que al ser repetidas obligan a remirar lo visto anteriormente. Un cuadro independiente, gracias a sus idénticos, es visto con mayor profundidad, es como ver el mismo cuadro varias veces. La mirada pasa de uno a otro y viceversa. El espectador, como en un juego, puede buscar la inevitable diferencia de la igualdad.

En sus exposiciones jugaba principalmente con el formato de los cuadros, con su tamaño y con el número de unidades de cada serie. Para Plágaro el montaje de una exposición es el último acto creativo. El objetivo es “mezclar” los cuadros y el espacio de la manera más armónica posible. Esta obra tiene una gran cantidad de posibilidades de instalación debido a que los cuadros no tienen una posición determinada para ser vistos (un Cuadro Igual nunca puede estar “al revés” ni tampoco “al derecho”, se puede colgar de los cuatro lados) y a que las series se pueden instalar de muchas maneras (unos junto a otros, encima de otros o formando grupos.) Con las mismas series de Cuadros Iguales se pueden crear exposiciones totalmente diferentes.

 Mi obra esta conformada por lo accidental en un porcentaje muy alto, es ignorante de su dirección y, casi siempre, estoy en desacuerdo de por donde va. Me interesa lo que me ha hecho llegar a donde estoy y lo que me va a hacer despegarme de ello, cada cuadro es una huella de este viaje”.

Lucía Etxebarría