Marina Núñez

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Obra

Sin título (locura); 1996. Óleo sobre lienzo, 95 × 175 cm.

Marina Núñez se dio a conocer como artista en los años noventa, y ya desde sus inicios ha mantenido una línea temática que unifica su trabajo: el ser humano, la idea de la mujer como representación simbólica y el mundo femenino. Comenzó realizando óleos sobre lienzos, sin embargo, y a pesar de no haber abandonado la pintura, ha explorado otros medios técnicos como la reproducción digital o el vídeo, unificando la tradición pictórica del óleo con el uso de nuevas tecnologías.


Sin título (locura), 1994. Grafito sobre papel, 112 × 75 cm.Sin título (locura), 1994. Óleo sobre lienzo, 145 × 140 cm.

Sin embargo, en sus últimos trabajos, la mujer loca o monstrua ha ido evolucionando hasta convertirse en cyborg. Esta incursión en el mundo de la ciencia ficción le permite reflexionar sobre la relación del ser humano con la tecnología, sobre todo con la inteligencia artificial y la ingeniería genética. Sus ciborgs reflejan a la mujer del futuro, una mezcla de ser humano y tecnología, un futuro en el que el género no será un elemento diferenciador ni excluyente para la mujer.


Sin título (Ciencia ficción), 1999. Infografía sobre papel, 125 × 205 cm.Sin título (Ciencia ficción), 2001. Pintura fluorescente sobre metacrilato.


En el fondo, el carácter aterrador y dramatizado de las mujeres que presenta Marina Núñez es una exaltación del género femenino y una burla del masculino. Para ello utiliza las mismas armas de representación que ha utilizado a lo largo de la historia la pintura academicista. Es un intento de oponerse y echar por tierra la tradicional representación de la mujer en el mundo de las imágenes. Dentro de la lucha contra el impuesto mundo de lo masculino es característica de Marina Núñez la desaparición del bastidor como elemento dominador y ordenador.


Sin título (muertas), 1996. Óleo y lápiz sobre lienzo, 71 × 217 cm.Sin título (muertas); 1995. Óleo y lápiz sobre lienzo, 71 × 217 cm.


Marina Núñez utiliza pañuelos, servilletas o manteles en muchos casos no sólo como lienzo, sino también como un recuerdo de los trabajos tradicionales de la mujer a lo largo de la historia, burlándose al mismo tiempo de una visión tan masculina de esta labor.


 


La ironía de sus obrSin título (siniestro), 1993. as también puede apreciarse en los procedimientos que sigue para realizarlas. A pesar de que su pintura o su dibujo tienen la apariencia de haber sido realizados de modos rigurosamente académicos, no lo han sido, pues están realizados con fotocopias u otros medios similares de reproducción técnica. Se trata por lo tanto de una burla a la tradicional pintura academicista.


 


 


Marina Núñez nos presenta un mundo siniestro e inquietante que parece acechar a la mujer. Su obra tiene cierto carácter angustioso y funerario, que se observa claramente no sólo en los motivos tortuosos, en las imágenes de monstruos o de mujeres enajenadas e histéricas, sino también en los fondos de las telas que utiliza, que casi siempre suelen ser de color negro.


 


Sin título (muertas), 1996. Óleo sobre lino, 158 × 275 cm.

 

Desde finales del siglo XX, Marina Nuñez investigado en torno a la idea de mirada. Los ojos en las obras de Marina Núñez se mueven y fluyen. Las imágenes de ojos humanos proliferan tanto en sus obras que es difícil no sentirse mirado cuando se aproxima a verlas.  Pero la mirada, según la artista, crea un mundo alternativo cuando es apasionada, inflamada por el fuego del deseo.

 

 


 

Los personajes de Marina Núñez han ido sufriendo un proceso de transformación, han ido perdiendo en ocasiones la apariencia y los atributos visibles que han construido el género para ofrecer a través de su piel la existencia de energías ajenas a lo humano; cuerpos que han mutado y que ya no son humanos pero tampoco máquinas. Que son algo nuevo.

 

 


Tanto en Carne (2001) como en Ángeles caídos (2008) los seres han sufrido una mutación. Son híbridos con forma humana que han perdido parte de sus atributos –detalles fisiognómicos, cabello, atributos sexuales- y que han ganado alas. Son las alas de la tecnología. La fusión entre los artilugios voladores soñados por Leonardo y el cuerpo humano, entre el parapente, el ala delta, los reactores, los satélites, las estaciones orbitales y el cuerpo.


El hombre de Vitruvio creado por Leonardo da Vinci a finales del siglo XV y convertido durante siglos como el hombre ideal lo convierte Marina en un deforme hombre araña (Canon, 2008). El renacentista ideó al hombre ideal siguiendo una tradición pictórica del clasicismo grecolatino. Pero esta belleza clásica se fundamentaba en las formas canónicamente perfectas; es decir, social y culturalmente establecidas como perfectas.  Marina Núñez explora los límites del canon y desafia sus consecuencias, porque para ella "el canon solo sirve para ningunear a las personas que se quedan fuera".

 

 


 

 

En El infierno son nosotros (2012) unos cuerpos tratan de escapar de las llamas infernales. Las llamas son creadas por los mismos cuerpos que pretenden huir. Fracasan, porque lo que tanto les agobia está dentro de ello.
Las figuras remiten iconográficamente a las poseídas por espíritus que las violentan, a las histéricas con sus retorcimientos y convulsiones, a los monstruos en los que las metamorfosis se suceden. Forman por tanto parte reconocible del universo de Marina.
En Huida (2006) se ve a una chica que se aleja de un ser que la sigue. Simula la iconografía cinematográfica de la persecución con linterna de la doncella por parte de un psicópata. Pero, poco a poco, descubres que los ojos que la acosan son sus propios ojos. Hay una mirada que la busca y que cuando convulsiona hace arder los ojos pero desde dentro, no hacia el exterior.
 


En torno al fuego y la visión, dos componentes claves para comprender el trabajo de esta artista, crea una gran videoinstalación El fuego de la visión (2015).  El fuego es la imagen de la pasión en la que se desenvuelven las relaciones humanas, cambiantes, dinámicas, y, a la vez, atravesadas por la luz más intensa; y la visión, cifra de la mirada, de los ojos que cobran vida propia, transposición del flujo que transita de la vida al arte: ver es vivir, ver es amar, ver es mirar arte.