Guernica de Picasso: historia, memoria e interpretaciones

 

Julio González, uno de los máximos exponentes de la escultura del siglo XX, rompió jerarquias y conceptos caducos que llevaban siglos acomodados en el arte. Empleando materiales a priori desdeñables, generó nuevos caminos plásticos que inspiraron a otros artistas, entre ellos a Pablo Picasso. Su participación en el pabellón de la exposición del 37 era incuestionable. La sensibilidad plástica y humana de Julio González fue uno de los rasgos más descriptivos de su carácter, contar con él para la muestra internacional fue algo que el propio José Gaos le comunicó el 10 de abril de 1937.

Monserrat, la obra de hierro presentada en el pabellón de París, es heredera del lenguaje que desde 1927 González venía realizando.  El artista catalán, hijo de herrero, era buen conocedor de la forja, lo que le llevó al empleo del hierro con una soltura y maestría admirables. El propio Picasso le dijo en una ocasión: tú trabajas el metal como si fuera un trozo de manteca. Desde 1927 empleará solo el hierro para la realización de sus esculturas. Poco a poco los temas que había tratado con anterioridad convergen en un lenguaje mucho más figurativo. Este es el caso de las mujeres: realizará gran cantidad de esculturas en las que estas aparecen activas siendo las protagonistas. La campesina llega a su trabajo entorno a 1932, en esencia esta es la idea que en 1937 puede verse en su Monserrat. Este tema para la obra del pabellón, va más allá de las posibilidades estéticas, es un homenaje no solo a la mujer madre y trabajadora, muy activa durante la guerra civil llegando incluso a alistarse en las milicias, sino que se revela como un sentimiento de apoyo a su tierra: Cataluña. Iconográficamente escoger a la Monserrat es escoger a Cataluña en su dignidad para permanecer unida y fuerte ante la adversidad de la guerra.

 

 

Desde el punto de vista plástico, el precedente de la Monserrat de 1937 está en la máscara realizada el año anterior, el primer gesto de dolor y empatía hacía aquellos que están siendo víctimas de la guerra. Todas aquellas personas que conocieron a Julio González coinciden en que era un ser humano de extremada sensibilidad, llegando incluso a sufrir unas profundas crisis artísticas y existenciales. Es fácilmente entendible cual sería su sentimiento ante la contienda española. Esta máscara es realizada por el artista catalán el primer año de guerra. El gesto de grito hacía el horror está agudizado por la sensación epidérmica que J. González es capaz de transmitir con un material que parece blando o dúctil en sus manos. La Monserrat del pabellón, realizada integramente en hierro y de 1´65 m altura, es la obra maestra de esta seríe de mujeres. Se situó en la entrada del edificio sobre una peana de base cuadrada de piedra, contribuyendo a ese aire de dignidad que la estatua tiene, debido a su rostro elevado y a su frente clara. La actitud moral de la mujer con el niño y la hoz, muestra mayor contención que la máscara que totalmente perdida grita de horror. En todas las numerosas variaciaciones que Julio González hará de este rostro hasta su muerte en 1942 se observa una perdurabilidad del dolor y del hondo pesimismo que albergó en el artista una vez finalizada la guerra civil. En la Monserrat del pabellón es en la única que prevaleció la serenidad y el paso firme que el pueblo necesitaba para enfrentarse a su fatal destino.