Fernando Zóbel

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Obra

 "Tengo una mente muy complicada", confió a menudo Fernando Zóbel a sus amigos más cercanos. Pero, contrariamente a lo que la declaración sugiere, las reminiscencias de Zóbel revelan todo lo contrario.

 Pintaba en las primeras horas de la mañana. Solía dar dos razones par ello: porque a esas horas la mayoría de sus amigos no se habían levantado todavía y nadie le distraía, y porque la luz era mejor.

 Durante la guerra, cuando una dolencia vertebral lo confinó a su cama por un año entero, Zóbel descubrió su vocación artística. "Tuve todo el tiempo del mundo para pensar y fue entonces cuando empecé a considerar la idea de convertirse en un artista”. También dedicó este tiempo a leer.  Al final de la guerra, cuando decidió ingresar en la universidad en Manila, pudo percatarse de que ya había leído muchos de los títulos asignados por sus profesores.

 Al entrar en Harvard en 1946, aunque se decidió a leer sobre historia y literatura, lo primero que hizo fue comprar una caja de pinturas al óleo. Sin ninguna formación académica, se decidió a pintar. La pintura fue en parte la razón por la que más tarde se quedó como un investigador bibliográfico de la universidad. A finales del otoño de ese año conoce a la pintora Reed Champion  y a su marido Jim Pfeufer, profesor de Bellas Artes, con los que entabla una profunda amistad.  Ambos le educan pictóricamente y en ellos encuentra el impulso y la orientación artística en sus comienzos como pintor.

 En Manila, se une al grupo de pintores jóvenes que exponen en la Philippine Art Gallery. Introducido plenamente en los círculos artísticos más renovadores de Manila, Zóbel se implica rápidamente en el debate surgido entre los jóvenes pintores del momento sobre la relación del nuevo arte con la tradición y la identidad cultural de Filipinas.  Ingresa en la Asociación de Arte de Filipinas. Uno de los primeros proyectos que pone en marcha Zóbel en esta asociación es la edición de un libro que recoge la historia del arte filipino desde el siglo XVI, muy necesario dad la ausencia de estudios sobre le tema, que se publicó en 1958.

 En 1953 es elegido presidente de la Asociación de Arte de filipinas. Este año realiza la primera exposición individual: Exhibition of paintings, drawings and prints en la Philippine Art Galery. En esta exposición presenta un conjunto de obras en las que abandona los temas simbólicos y románticos bostoniano por una temática filipina costumbrista, que se encauza por un lado en los temas callejeros e intimistas y, por otro, en temas religiosos.

 La influencia de Matisse es importante en estas obras figurativas, que se caracterizan por una brillante textura donde a veces sobre las masas de color se superponen gruesas líneas negras que anuncian la gestualidad de obras posteriores. Con motivo de esta exposición publica un artículo sobre su método de trabajo que aparece bajo el título “Methods of Philippine Contemporary painters”

 En 1954 realiza su segunda exposición individual. Obtuvo éxito por parte del público y de la crítica que le situó en la corriente más renovadora del arte filipino. Persiste la temática filipina, que se enriquece el expresarse en óleo sobare lienzo. Participa en la Philippine Art Gallery en la exposición colectiva 16 Artists. Ese mismo año, Zóbel partió de Manila y entró en la Escuela de Diseño de Rhode Island, donde descubrió la obra de Mark Rothko.

 Al regresar a Manila mantiene sus contactos con España por correspondencia. Abandona la figuración y trata de sintetizar el luminismo de Rothko, la pintura matérica de Feito y Burri y la caligrafía de Kline y de sus propios dibujos. Destruye la mayoría de las obras de esta época. 

 En 1959 realiza su primera exposición individual en España que tiene lugar en la Galería Biosca de Madrid. La exposición se divide en Saetas y una nueva serie de cuadros caligráficos negros sobre blanco, La Serie Negra, que llega hasta 1963.

 De 1963 a 1975 se extiende la etapa más larga en la pintura de Zóbel. Este año vuelve al color y entran lentamente los siena, los tostados, ocres y grises en obras como Atienza, Armadura III o Pancorbo. El tema del recuerdo, ya apuntado en las series anteriores, toma cuerpo en esta nueva etapa, en la que Zóbel, mediante formas, objetos e imaginación, propone, según sus propias palabras, “recordar en términos pictóricos”. En el preludio de esta etapa colorista Zóbel desarrolla la idea de una pintura basada en el recuerdo de la experiencia vivida, que encuentra su parangón literario en la magna obra de Marcel Proust En busca del tiempo perdido. Sobre la influencia de Proust en su pintura, Zóbel se explica con gran claridad al hablar del Homenaje a Patricio Montojo (1963), actualmente en el museo de Arte Abstracto Español.

 Con la vuelta al color, Zóbel comienza a serializar su pintura, y una de las primeras series que aparece en esta nueva etapa es la de los Díalogos con la pintura, conversaciones que mantiene con el lápiz, la pluma o el pincel en la mano con obras de otros artistas. En general, se producen en sus viajes, en museos y exposiciones, y siempre quedan reflejadas en sus cuadernos de apuntes.

 Son muchos sus interlocutores, Braque, Morandi, Rembrandt, Lotto, Puussin, Tintoretto, Adriaen Coorte, Saenredam, etc. Con cada uno de ellos la conversación es diferente. Por ejemplo, con Degas y Manet el tema de Conversación será el color, con Turner y Monet los valores cromáticos; con Tintoretto, con quien mantiene varios diálogos, y sobre el que hay numerosos dibujos a lo largo de todos sus cuadernos de apuntes, escribe a propósito del San Jorge de la National Gallery de Londres.

 A finales de los años sesenta, su pintura se vuelve más geométrica, en general su estilo se enfría, y participa por tanto de la dureza que se impone en casi todas las corrientes artísticas de esta década. En  estas obras, los espacios se construyen por medio de líneas dibujadas a lápiz, planos entrecortados y perspectivas impecables. Trapecios, rombos y cubos articulan la composición por medio de un entramado arquitectónico.

 En 1973 inicia otro proyecto de cuadro parecido al del Júcar, pero esta vez basado e la vista por la ventana de su estudio en Cuenca. La serie se titula La vista y es casi tan amplia como la anterior. Su colorido se reduce a grises y la trama geométrica desaparece casi por completo. Con El Júcar y La vista Zóbel empieza a utilizar la fotografía como parte del desarrollo del cuadro.

 En 1980 en Manila sufre una trombosis cerebral. Logra recuperarse, aunque queda levemente afectado. A su regreso a España sufre una depresión que lógicamente afecta también a su pintura. Esta crisis convulsiona su obra, y retorna con más fuerza que nunca al color. Ahora el dibujo  pierde el protagonismo de etapas anteriores para integrase completamente con el color.

 En 1983 tiene lugar la primera exposición retrospectiva de Zóbel organizada por la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Sevilla.

 En 1984 muere en Roma a consecuencia de un infarto. Sus restos son trasladados a España, y es enterrado en la parte más alta de Cuenca, en la sacramental de San Isidro, un cementerio encaramado sobre la hoz del río Júcar.