Ismael González de la Serna

Se encuentra usted aquí

Obra

Desde niño, de la Serna había querido ser artista, un deseo que consiguió, llegando a ser uno de los máximos exponentes de la denominada Escuela de París. Sin embargo, su trayectoria fue bastante irregular, pasando de un rotundo éxito y numerosas apariciones en exposiciones a un posterior alejamiento del mundo artístico.

Su obra, de una gran técnica y bellos colores, se caracteriza también por poseer una extraordinaria sensibilidad derivada de la propia personalidad del artista. De hecho, a pesar de utilizar diversas técnicas y abordar diferentes temas, existe un hilo conductor en su obra: su gran sentido poético, algo que no sorprende si se tiene en cuenta que Ismael González de la Serna pertenece no sólo cronológicamente a la denominada “Generación poética del 27”, sino que cultiva la amistad de grandes poetas e ilustra algunas obras poéticas como Impresiones y paisajes de García Lorca en 1918 y los Sonetos de Góngora, en torno a cuya figura gira la mencionada generación.

Si bien, como ya se ha mencionado, París supone un punto de referencia esencial en la trayectoria personal y artística de De la Serna, su formación comienza en España donde recibirá enseñanzas que marcarán toda su obra. Y es que sus estudios en la Escuela de Bellas Artes le sirven para conocer y dominar la técnica pictórica. Ésta será una de las notas definitorias en su obra, ya que el buen oficio le lleva a tener un dominio absoluto sobre los materiales. Sólo a través de la técnica puede expresarse libremente. Él mismo dice: “Busco la técnica. Me interesa mucho la técnica. Por eso busco y rebusco. Hago una cantidad de cosas distintas y las hago como un brujo, con tormento sincero… A veces preparo telas como se hacía en la escuela de Sevilla, siete colas como siete pecados capitales. Y como buen andaluz, siento curiosidad por todo”.

Este espíritu inquieto y curioso, lleva al artista a experimentar y probar también distintos materiales en la creación de sus obras. Emplea tanto el óleo (Bodegón del atril, La semilla o Tres cubos de basura), el acrílico (Composición), como la acuarela (El piano), la témpera (Mesa), bouache (Bodegón), temple (Dama del cesto), a los que sabe extraer todas sus posibilidades plásticas. Experimenta además con nuevos materiales: arenas, barnices, pintura de coche, polvo de antracita o de granito, sirviéndose para ello de soportes diversos como papel, cartón, madera.

 

Como se mencionaba antes, sus cuadros presentan bellos colores, un cromatismo que será otra de las notas dominantes. Eso sí, siempre supo adoptar el tono justo para conseguir la total armonía en la composicón; Mi balcón en Niza (1930), impregnada de azules; Bodegón (1930), con claro predominio de rojos, verdes y amarillos; o la sobriedad en la paleta de Alacena (1954), son algunos de los exponentes más significativos. La fuerza del dibujo confiere a su obra una estructura, un soporte para el color; precisión, rigor casi escultórico, pero utilizado tan sólo como vehículo de transmisión de un rápido pensamiento; realiza también algunos pasteles en los que muestra el total dominio en esta técnica, tal y como podemos apreciar en Autorretrato o Toledo.

Pero, ¿qué era lo que interesaba al artista? ¿Cuáles eran esos temas que representaba en sus lienzos? Como en otras ocasiones, lo temas serán también otra constante en su producción:

BODEGONES

ESCENAS DE GRAN EXPRESONISMO

RETRATOS

PAISAJES

Todos ellos constituyen su universo personal. En algunas ocasiones, en esos momentos en los que su pintura deriva hacia el expresionismo, estos temas, desde los bodegones hasta los personajes y paisajes con figuras, suelen plasmar una visión trágica de España con sobrios colores y ciertas notas líricas.